El teléfono original no era una sola caja. Era un sistema dividido. Dos partes distintas manejaban la conversación: un transmisor y un receptor. El transmisor hizo el trabajo pesado. Contenía tres componentes específicos. Una batería. Una aguja. Y un dispositivo parecido a un tambor que parecía un cilindro con un extremo cubierto.

La instalación fue mecánica hasta que pasó a ser eléctrica. El extremo cubierto del tambor se fijó directamente a la aguja. El cable iba desde esa aguja hasta la batería. Otro cable conectaba la batería al receptor en el otro extremo. Fue un circuito cerrado.

Cuando Alexander Graham Bell habló por el extremo abierto del tambor, la física tomó el control. Su voz hizo vibrar el papel y la aguja. Estas vibraciones no eran sólo sonido. Fueron convertidos en una corriente eléctrica. Esa corriente viajó a lo largo del cable. Se movió a través del circuito hasta el receptor. El mensaje llegó no como sonido, sino como electricidad.

El primer teléfono convirtió las vibraciones de la voz en corriente eléctrica mediante una aguja mecánica y una batería.

Esta simple cadena de acontecimientos lo cambió todo. Convirtió el habla en una señal que podía viajar. Luego, el receptor tuvo que descubrir cómo convertir esa señal en algo que los oídos humanos pudieran entender. ¿Pero la transmisión? Se trataba de vibraciones y cables.